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Reconocimiento Juan Gelman

Publicado el 22 Octubre 2018
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Ciudad de México, 22 de octubre 2018

Discurso de recepción del Reconocimiento Juan Gelman

Por Javier Sicilia

Es un honor compartir con Herman Bellinghausen la primera edición de un reconocimiento que lleva el nombre de Juan German, un reconocimiento que sólo una sensibilidad como la del poeta Eduardo Vázquez, quien ha mantenido viva la cultura en una ciudad asediada por la barbarie y el crimen, podría haber concebido para enfrentar estos tiempos miserables: el del poeta vuelto defensor de derechos humanos.

De entre todos los poetas del dolor —y ha habido muchos admirables como César Vallejo, Jaime Sabines, Miguel Hernández—, Paul Celan y Juan Gelman tienen un lugar aparte: fueron víctimas directas de la violencia descomunal que atraviesa el siglo XX y el XXI. Celan de la barbarie nazi, que asesinó a sus padres; Gelman de las juntas militares de América Latina que en Argentina desaparecieron a su hija Nora Eva, a su hijo Marcelo Ariel, a su nuera María Claudia Irureta y ocultaron durante décadas el paradero de su nieta, María Macarena, nacida en cautiverio.

Gelman, sin embargo, tiene un mérito más. No sólo como Celan mantuvo viva la palabra poética que guarda el sentido contra la bestialidad, no sólo como René Char, Miguel Hernández y Roque Dalton, enfrentó de manera directa la barbarie y, semejante a Bellinghuasen, la denunció con la pluma del periodista, sino que despedazado, violentado de manera brutal en su familia, se levantó de las ruinas para, al lado de la madre de sus hijos, Berta Schubaroff —una de las abuelas de la Plaza de Mayo—, y su esposa Mara La Madrid, buscar a sus hijos, a su nuera, a su nieta y a tantos otros que la dictadura militar en Argentina desapareció, y llevar ante la justicia a los perpetradores de esos crímenes. En Gelman se unen, como quizá en ningún otro, el poeta, el revolucionario y el defensor de los derechos humanos.

Cuando la barbarie que atraviesa México, una barbarie de otro cuño, el de la colusión de grandes porciones del Estado con el dinero de los grandes capitales del crimen organizado, asesinó a mi hijo Juan Francisco junto con seis de sus amigos, Gelman, a quien no conocía personalmente, pero a quien admiraba y leía con devoción, se volvió para mí más entrañable que nunca: un faro en medio de mi oscuridad y mi dolor.

Con su ejemplo, su poesía, el arsenal que traía conmigo –el Evangelio, Gandhi, Lanza del Vasto, Iván Illich, Albert Camus, los místicos– y un puñado de amigos, entre los que estaban los poetas Eduardo Vázquez, Enzia Verduchi y Jorge González de León, decidimos dar la cara por todas las víctimas de esta barbarie fundando el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.

Mientras comenzábamos las movilizaciones, pensaba, desde mi dolor y mi oficio de poeta, en Gelman, en su sufrimiento, en su oscuridad y en la dignidad con la que vivía. En él se hacia presente la gran paradoja del Evangelio, de Gandhi y de la poesía; la fuerza de la debilidad, la fuerza del amor, de la poesía en acto que, decía Borges, “es inmortal y pobre”.

Una tarde, al inicio de las movilizaciones, mientras hablaba con un grupo de periodistas y amigos, lo vi llegar al lado de su esposa Mara; 81 años (moriría casi tres años después, en enero de 2014), enjuto, encorvado, la mirada dulce y, a la vez, firme, trabajada por décadas de sufrimiento, de lucha y de poesía, un viejo y nudoso olivo; un hombre que, en su debilidad, el poder del Estado y del crimen jamás doblegó. Venía desde el fondo del amor y la poesía a abrazar a un poeta al que la barbarie, contra la que nunca dejó de luchar, acababa también de arrancarle a un hijo. El corazón me dio un vuelco y las lágrimas asomaron en mis ojos.

Me levanté y fui a su encuentro. Lo abracé, besé sus mejillas y abracé y besé también a Mara. No nos dijimos nada. En ese gesto en el que tres seres humanos finitos, pobres, despojados de sus hijos, sostenidos sólo por la dignidad, se abrazaban y lloraban en silencio, se resumía la fuerza del amor y la poesía. Con ese gesto Gelman escribió para mí su poema más bello, más doloroso, más profundo.

Un año después, cuando al lado de Isolda Osorio, mi esposa, me trasladé a San Francisco para organizar con el activista Ted Lewis lo que sería la Caravana por la Paz que recorrió los Estados Unidos, el poeta Hermann Bellinghausen llegó como una sorprendente continuación de aquel encuentro.

A Bellinghausen no sólo lo admiraba y leía, también lo conocía desde que éramos estudiantes. Recuerdo con orgullo la dignidad con la que en 1995 rechazó el Premio Nacional de Periodismo en protesta por la represión en Chiapas, un gesto que debe enorgullecer a toda la poesía y al periodismo mexicano, y la manera en que, inmerso en el zapatismo, defendió su lucha y denunció, desde las páginas de La Jornada, las atrocidades del poder. Su esposa, Colombe Chapey, y su hijo Julián viven en San Francisco y Hermann se trasladó allá para, al lado de ellos, acompañarnos en la solitaria tarea de organizar aquella caravana binacional en busca de las víctimas y de la paz. Sin Hermann, sin su familia, sin sus consejos, sin su mirada poética y su saber en la resistencia y en la lucha, nuestra larga estancia en San Francisco hubiese sido más ardua y dolorosa. El día en que en el Parque Malcolm X, en Washington D.C., concluimos la larga travesía por Estados Unidos, Hermann envió un poema “Los instantes” que la voz del poeta Jorge González de León hizo resonar esa noche.

En estos tiempos miserables, donde se asesina, se secuestra, se destaza y se desaparecen seres humanos en fosas clandestinas y tambos de ácido, con la complicidad de grandes sectores del Estado, poetas como Gelman y Bellinghausen mantienen viva esa dura tradición que viene de Albert Camus, la de ponerse al lado de los que sufren. Nada —dijo el creador de La peste—, que no sea el grito desesperado del dolor, puede apartar al escritor de su soledad, el lugar privilegiado de la creación. Cuando el grito aparece, el poeta abandona su soledad para ir al encuentro de las víctimas a darles alivio y, como ha sido siempre la tradición del poeta, su voz; el poeta como voz de la tribu, de una tribu perseguida.

Bellinghausen, que viene de la tradición de las luchas revolucionarias, al igual que lo hizo Gelman, ha mantenido contra viento y marea ese duro equilibrio entre el servicio a los perseguidos y la soledad donde el poema se crea. Yo, que vengo de la tradición mística del cristianismo, he mantenido ese equilibrio de otra forma; elegí, desde el asesinato de Juan Francisco, el silencio. En tiempos de bestialidad, cito en mi auxilio a Georges Steiner, “cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y mentiras, nada más resonante que el poema no escrito”, el que se preserva en la urna del silencio y se dice con otros lenguajes. Ambos, sin embargo, son poesía. La palabra, que guarda el sentido, está hecha de sonidos y silenciosos. Con ellos y en ellos se habita y se preserva la casa común que la imbecilidad de la violencia y la corrupción han lastrado.

Estoy muy honrado, muy conmovido de recibir la primera edición del Reconocimiento Juan Gelman y de compartirlo con Hermann Bellinghausen. Hombres como ellos nos iluminan y nos redimen del peso de esta larga y bestial noche. Nos recuerdan también que el poeta es la voz de la tribu, y que la pobreza y gratuidad de la poesía, sobre todo cuando se vuelve acto, dislocan el unívoco discurso del poder y el galimatías de la violencia y de la muerte, para traer a la vida a todos aquellos de los que nos han despojado, y refundar el sentido, la dignidad y la casa del ser. Gracias a la familia Gelman La Madrid por su valentía y su ejemplo, a la Secretaría de Cultura, cuyo equipo ha mantenido viva la cultura como un faro de paz en medio del desastre.

Gracias al poeta Eduardo Vázquez, cuya presencia y palabra acompañaron y sigue acompañando, junto con la de otros poetas, a las víctimas y a los perseguidos de la tierra. Gracias a mi madre Catalina, a mi hija Estefanía, a mi nieto Diego, a Santiago, mi sobrino y mi otro hijo, a la invisible presencia de Óscar, mi padre, y de Juan Francisco, a quien tanto extraño y me hace falta; ellos son la más bella poesía en mi vida. Gracias a Socorro Ortega por los hijos que tuvimos. Gracias a las víctimas que no callan. Gracias por último a ti, Isolda Osorio, amorosa compañera, cuya escritura de luz sostiene la memoria, el tiempo y la vida.

Gracias, muchas gracias.